Abuela
Te recuerdo
cada día.
Te extraño, y no lo digo.
Resplandece
tu sonrisa
en la imagen guardada.
Abrazo tu pequeña estatura
Con borbotones de lágrimas
Y me siento querida.
Nos une
la emoción,
El amor infinito
entre abuela y nieta
Y una conexión profunda
entre las almas.
No entendí tu
partida
Y hay cosas que jamás te dije,
Sin embargo sé que estás en mí
Tu voz,
aunque calles,
Tus ojos atentos
Tus manos suaves.
Tu alegría
de niña
Tu incansable paciencia
Tu afecto oceánico
©Romina
Almodei

Decepción
Perdido late mi corazón desde que tu indiferencia incendió, “aquel”,
ayer tan maravilloso como falso. Mi ilusión se quebró y pregunté a
gritos, quién sos. Engañada, absorta por la confusión,
llena de interrogantes, buscaba el rumbo de las respuestas en un escenario
tormentoso, pero sin ellas me quedé.
Te llamo y no contestas. Recuerdo, llena de lágrimas, la primavera
que nos conocimos; la nostalgia navega por mi alma, y lo vuelvo a intentar...
Caminaba bajo la lluvia y de repente apareciste, con aires de grandeza.
Cuando menos lo esperaba. Un “invitado” bajo mi paraguas, me hacía
sentir muy feliz.
Tu mirada me cautivó, me convenció de que tus intenciones podrían
ir de la mano con las mías. Sólo seríamos dos, me equivoqué.
Hablaste desde tu misterio, (hoy lo llamaría tu miseria...) para que
no conociera la oscuridad que empapa tu ser y te enreda en los vicios. Hacia
arriba creí que iba, pero era sólo a una cima dibujada en mi
fantasía.
Ya no recuerdo tus promesas de amor, se desvanecieron en el estallido de
tu “adiós”.
©Romina
Almodei

El recuerdo
En la sala hay
un viejo reloj de madera. Alguien toca el reloj: el péndulo se detiene. La taza sigue llena sobre la mesa del jardín
y el té está frío.
Julieta observa una y otra vez las fotos de su infancia, las vacaciones
en París junto a sus padres, la casona de su abuela. Las fotos
brillan bajo el sol de la fresca primavera. No tiene noción
del tiempo, se devora los álbumes, los mira como si fueran joyas.
Tal vez lo son.
En el fondo de una caja verde hay una foto amarillenta con los bordes
entrecortados, despacio la desliza entre sus dedos y las lágrimas
titilan en sus pupilas. Se inclina hacia atrás y observa la
sala como buscando huellas. Se detiene en un cuadro de robustos marcos
dorados. Hay una mujer retratada con un vestido rojo furioso, los labios
color rubí, el pelo dorado recogido y unos ojos negros penetrantes.
El cuadro irradia vitalidad, fuerza y personalidad.
Julieta vuelve a las fotos con la cara húmeda, se la seca con
las mangas de la remera. Intenta agarrar otra de las cajas y del manotazo
vuela la taza de té. Intenta desviar el líquido pegajoso –por
el azúcar- pero no puede. Se derrama y cae como una catarata
sobre la caja de fotos.
Juana, el ama de llaves, corre hacia el jardín y con el delantal
trata de secar la mesa,
es inútil. Julieta grita desconsolada. La caja verde es una
pequeña pileta marrón oscura en la que navegan muchos
recuerdos. Logran salvar algunas fotografías, pero tienen un
manchón amarillo.
Sentada en el piso brotan lágrimas, Juana se sienta a su lado
también llora, se abrazan.
Julieta
ha perdido la foto preferida de su madre, es la del día
del compromiso con su papá.
Para consolarla, Juana le dice que en el fondo quedan cinco cajas más.
Pero Julieta sólo quiere la de “ese” día.
Ambos están junto al reloj que tanto gusta a las dos familias.
Es austríaco, una reliquia del siglo IXX, el único recuerdo
tangible y vivo de sus padres que hay en la casa.
Lo miran juntas, como si a través de él vieran algo más.
Juana vuelve a la
cocina y Julieta va en busca de su diario y comienza a escribir: “En la sala hay un viejo reloj de madera. Alguien
toca el reloj: el péndulo se detiene.”
©Romina
Almodei

El Show
¿Sabés tan bien como yo lo que es perder en historias
de amor?. ¿Sabés de los enredos del dolor, de las quemaduras
del adiós?.
Cuando todo parece quebrarse sin poder detenerlo. Paralizados miramos
el derrumbe de aquello que, como arquitectos, armamos de forma singular
y única.
A mí me acosan dudas y pesadillas al respecto, mi vida.
Estamos en un circo, donde las acrobacias para sobrevivir causan gracia y los
abrazos se sienten como mordiscos... Los que aplauden viven insatisfechos.
Pero no lo dicen, no queda bien.
“Se acabó”, es la frase que desata el movimiento sísmico.
El fabuloso número de los shows ante amigos, familiares y conocidos,
se ha retirado. Se oyen murmullos. El público se horroriza.
Se incendia el paraíso y qué queda: lo verdadero, lo que jamás
nos dijimos, eso que ocultamos... Es más genuino que el show de risas
histéricas, los besos de murciélagos y los diálogos que
suenan a lata, porque los hipócritas buscan su conveniencia. Asisten
a misa cada domingo, rezan como condenados, se confiesan con libreto y piden
con fervor, ¿qué suplican?: ser millonarios. Para algo cumplen
religiosamente, no?.
Los disfraces y las máscaras hacen el papel principal. Todos hablan
con guiones en sus manos, si no no saben qué decirse ni para qué se
hablan.
Ruido de banda desafinada, de bocinas descontroladas. Pelucas coloridas llenas
de piojos, diez dedos no les alcanzan para rascarse la cabeza. Me parece que
esas son tus hermanas.
Pero los filósofos caseros de tu familia van perdiendo su resplandor,
sus voces se pierden en la confusión de párrafos de la Biblia
o textos de Freud.
Los terremotos comienzan, la gente se irrita en el circo, pero ojo, ellos se
consideran de la realeza. Ninguno piensa en las heridas ajenas.
Tú eres de esta dinastía, querido. Ojos azules, no verás
una lágrima, no quisiera que se convierta en hielo o en rana.
Lo único que sabés, como yo, es que en este circuito de plumas
y bananas el mono es rey. Y ese es tu padre. Tu madre una cotorra roja, por
las dudas no esté claro quien dirige la batuta.
Nos
divorciamos, pero no en Tribunales. El juez fue el primero en correr hacia
las
escaleras de incendio del Zoológico familiar.
Si no, para qué están los parientes?
©Romina
Almodei

La
Casa de Muñecas
Pasaba la media
noche y todos corrimos por aquel pasillo de la casa de mis abuelos
(la distancia parecía eterna) para abrir los
regalos de Navidad. La ansiedad infantil se encendía a medida
que íbamos llegando a la “misteriosa” puerta de
madera, que estaba cerrada. Los adultos, mareados con tanto alboroto,
intentaron controlar el “gallinero”. Fue imposible. Éramos
tres huracanes empujándose para entrar al cuarto de la ilusión.
Lo recuerdo como si hubiese abierto “esa” puerta ayer.
Y desapareció el mundo cuando la vi. Era la Casa de Muñecas que
siempre le había pedido a mi papá y que jamás me trajo.
Al fin, después de tantas cartas a Papá Noel, mi sueño
se pudo tocar. No sé cuántas cosas le conté a Papá Noel
para que tuviera muy en cuenta mi pedido. Estaba impresionada con esa sorpresa,
y con su tamaño, sus colores y dibujos.
Yo sólo tenía cinco años y caminaba alrededor de ella
encandilada. No recuerdo qué pasó con los demás en ese
momento. Éramos la casa y yo.
Estaba armada cerca de un ventanal abierto al cual le bailaban las cortinas,
entonces me convencí de que Papá Noel, en el apuro, se había
olvidado de cerrarlo. Esta idea me ponía loca de alegría. Pero
también me entristecía; por pocos minutos no había conocido
a Papá Noel en persona...
La Casa de Muñecas tenía el techo azul con una chimenea muy graciosa
y todo era como en una casa de verdad, con cocina, baño, cuartos. Afuera
había plantas y gatos y perros. Yo estaba embobada con las ventanitas
que se abrían y cerraban.
Para mostrársela a los demás no tenía problemas, pero
no dejaba que nadie la tocara, porque era algo así como un tesoro. Y
sólo mía.
Tíos, tías y primos, todos desfilaron para conocer la Casa de
Muñecas. Yo iba y venía como un torbellino de felicidad y por
supuesto todos festejaron a mi alrededor, lamentando que no hubiera podido
conocer a Papá Noel.
Lo que más me gustaba era que no sólo entraban las muñecas,
yo también, si me las ingeniaba. A la madrugada ya la había convertido
en mi guarida y cuando jugábamos a las escondidas me escondía
ahí.
Al año siguiente empecé primer grado, y obtuve muy buenas calificaciones.
Visitaba mi Casa de Muñecas todos los domingos, pues ésta había
quedado en la casa de mis abuelos por una cuestión de espacio.
Llegó diciembre, faltaban dos semanas para Navidad, y comencé a
escribirle otra vez a Papá Noel. Le conté lo buena alumna que
había durante el año. Lo bien que me había portado en
casa y la buena hermana que era. Recuerdo la dedicación que le puse
a esa carta escrita en colores y el listado de cosas que pedí. Después
cerré el sobre y se la di a mamá para que la llevara al correo
urgente. Quería que llegara lo más rápido posible.
Era una tarde de diciembre muy calurosa (vivíamos entonces en San Telmo)
y estábamos los tres hermanos jugando en el living del departamento
que daba al parque Lezama. Sonó el teléfono y atendió mamá.
De repente escuché que murmuraba por lo bajo.
Dejé de jugar, me acerqué despacio para que no me viera y la
escuché leer mi lista interminable. Luego dijo: “comprale lo que
puedas”. Y se escuchó la voz de mi papá preguntar: “los
varones qué pidieron”.
La tarde de sol brillante se volvió gris en un instante y mi cara desbordó de
lágrimas silenciosas. Acaba de oír la peor noticia de mi vida.
Después, como una muñeca rabiosa, empecé a los gritos:
“
Sos muy mala mamá, se lo contás a papá porque ustedes
no quieren que Papá Noel me traiga todos los regalos que le pedí.
Seguro que pensás que no tenemos lugar en el departamento ni que necesito
más cosas. Pero sabes qué, él me los va a traer igual
y los va a dejar en la casa de los abuelos, porque me quiere. Ellos le van
a dejar el ventanal abierto como el año pasado”.
Mamá, atónita, dejó el teléfono e intentó consolarme.
Me abrazó y me dijo que cuando fuera grande iba a entender.
“
Salí, no quiero que me abraces ni me digas más nada – le
grité - ya te escuché pero no me importa, porque todo es mentira,
yo lo sé. ¡No tenías por qué leer mi carta, no era
para ustedes!”
Me fui corriendo a mi cuarto, cerré la puerta de un golpe y me tiré en
la cama. Tenía los ojos hinchados y la garganta áspera de tanto
gritar.
Esa noche no se habló del tema ni los días que siguieron; yo
esperaba ansiosa la Nochebuena en lo de mis abuelos.
Estaba segura de que Papá Noel, en el apuro, se olvidaría de
cerrarlo otra vez.
©Romina
Almodei

Madrugada tormentosa
Te pedí una oportunidad y la puerta golpeó mi
cara.
Quise hablarte, lanzaste alaridos de furia en mi oído.
Caí al piso sin anestesia.
La madrugada estaba helada y no podía dejar de titiritar.
Me dolía el cuerpo, me sangraba el corazón, la herida
estaba abierta y yo dentro de ella.
Sin noción de las horas volví a llamar, no me resignaba
a perderte.
Sonó un largo tiempo... Hasta que del otro lado se escuchó
un grito y un coro de voces difusas.
Estaba confundida y carcomida por la impotencia. Tus celos incendiaron
mi alma y tu confianza.
Insistí una vez más y atendió una mujer. Corté.
Estaba paralizada.
¿
Yo le pedí una oportunidad más, siendo inocente... ?
Las sospechas cavaban un agujero en mi estómago.
Las dudas azotaban mi cabeza. Tejí y destejí hipótesis
por horas.
Tus pertenencias se reían de mí, su visión exprimía
mis pupilas.
Inquieta, no dejaba de moverme y tirar cosas. Sin amor y abandonada.
Ahora, de repente, escucho que me hablas. Haces preguntas que no logro
comprender... hasta que me abrazas y veo claro. Tengo taquicardia,
me falta el aire y estallo en un llanto despavorido.
Me abrazas con todas tus fuerzas, para contener este dique sin cauce.
Yo hiervo de fiebre, delirando en pesadillas.
©Romina
Almodei

Melanie
A gritos pido que
te salves, la circunstancia me devora mirando como te dejas vencer.
Ante la desesperación lloro como una nena.
Siento el desamparo del silencio que te rodea, tu mirada se pierde.
Bajo horas indecibles, espero tu evolución.
No cabe duda que ya no querés que te ayudemos. Con dolor, resignada,
espero un milagro.
Acaricio tu pelaje suave y tu cuerpo encuentra paz regocijándose
en cada mimo.
Contra tu voluntad hoy vivís desconcertada y molesta, visitando
veterinarios. Asustada.
De saber que esto te ocurriría... Me enfurece esta impotencia.
Desde lo más profundo del alma te protejo cada día.
Aunque jamás lo sepas.
La realidad me hace sentir el filo del cuchillo como una amenaza constante.
En pesadillas me desvelo y oigo maullidos quejosos.
Entre lo lógico y emocional debato lo incomprensible. Lo que
no puedo aceptar.
Tomo el presente como un trago amargo y miro hacia adelante, busco
un horizonte sano, hasta creo que puede ser posible. Pero sólo
si vos ayudás también.
Los veterinarios revisan cuatro patas, un par de ojos, dos orejas y
una cola, ignorantes!!!... No entienden el sentimiento familiar, ni
el espíritu felino. Quizás la naturaleza les privó la
capacidad de amar. Allá ellos, hijos de puta.
Para sobrellevar este momento y no perder la fe, por la misma razón
- según lo que yo aprendí - el afecto es el mejor remedio,
sin pensarlo dos veces. Sobre todo la caricia que tanta satisfacción
te provoca.
Tras varios días transcurridos así el mañana es
un misterio.
Sólo espero que tu mirada recupere el brillo del cielo celeste.
©Romina
Almodei

Nosotros,
los de entonces
Se levantó un silencio oscuro entre nosotros, los puentes que
nos unieron se esfumaron. Ahora las miradas están borrosas,
y las palabras nos cuestan. Las noches son eternas, nuestros sueños
empañados lloran sin consuelo.
La confianza es un rompecabezas del cual hemos perdido piezas. Se desdibujó la
ilusión del amor.
Un corazón se hizo trizas. El otro se marchó, y seguimos
ahí, ausentes.
Ninguno se pregunta si todavía existe una luz por encender.
Los motivos están conjugados por los tiempos, y estallamos de
incomprensión.
Las decisiones quedaron estampadas en la pared como un collage. Las
madrugadas son dueñas de la soledad y las horas solitarias marcan
el camino de la despedida. Este mundo sin dos no camina, pero de otro
modo no será...
Uno de nosotros siente que cae en un abismo y no me preguntes quién...
En el fondo de la casa están los faroles que iluminaban nuestras
risas, entonces la música se encendía y la fiebre del
baile no conocía final.
É
ramos tan jóvenes, audaces y fieles...
No procurábamos ser eternos.
Seducíamos todas las lunas, conquistábamos cada sol.
Pero cuando quisimos encausar los ríos hacia un mismo mar, nos
dimos cuenta que estábamos en diferentes puertos.
Escucho nuestros latidos en el eco de las montañas, ojalá alguno
de los dos los guarde. Son el recuerdo de un pasado que parecía
más fuerte que una ópera, pero que la realidad despertó de
aquel teatro infantil.
No sé qué será de nosotros separados, tal vez
una fotografía amarillenta destinada al olvido...
©Romina
Almodei

Soy plumero
y no puedo
Duermo
en el escobero con la escoba, el escobillón y el secador,
mis amigos de toda la vida. Cada mañana a las ocho suena el
timbre, es Catalina, la señora que hace la limpieza. Antes
me sentía fastidiado, sabía que a las ocho y veinte
me vendría
a buscar. Todos creían que yo era el objeto más querido
de Catalina, el más atractivo del hogar y que por eso ella
pasaba horas conmigo. Pero yo soy un objeto de limpieza ridículo
para las tareas que me tocaban. No hacía nada bien, me sentía
enfermo cada vez que llegaba esa mujer.
Sin embargo algo debía tener todavía, porque cada vez
que los de la casa veían una porquería me recordaban
y gritaban: “¡Agarrá el plumero!”.
Y ahí iba yo todo desplumado, sintiéndome desahuciado.
Catalina me creía útil para todo, pero no sabía
que sufro de arañofobia y que, cuando se trata de una tela araña,
se me sueltan las plumas del espanto y mi palo flaco se dobla como
una varita mágica. Era un gran esfuerzo para Cata trabajar conmigo.
Ella es bajita, robusta y de edad mediana, pero se cansaba con rapidez
y protestaba seguido. Se sentía decepcionada, supongo que era
un sentimiento natural, yo soy un plumero particular.
Mis amigos se reían a carcajadas cuando ella se proponía
algo conmigo. Porque para las alturas me necesitaba, pero yo sufría
de vértigo; Cata lo volvía a intentar y mis plumas erizadas
le daban en la cara. Después de varios intentos, me observaba
detenidamente, con esos ojos huevo que tiene y con la expresión
de una piedra. Había pasado tres horas conmigo y no había
limpiado nada. La dueña de casa estaba por llegar y Catalina
por sufrir un ataque. Iba conmigo de acá para allá, yo
estaba cansado de pasear, quería volver a dormir. La escoba
estaba descompuesta de la risa, el escobillón me llamaba “maricón” y
el secador tenía complejo de abandono.
Catalina me observaba de lejos y de cerca, me sacudía, la pobre
no lograba encontrar defecto alguno. Pobre de mi, qué culpa
tenía yo, ahora iba a ser peor, estaba mareado y me dolía
la cabeza. Mis amigos me gritaban: “plumero hipocondríaco”.
Hasta que, harta de no comprender, me dejaba descansar y se iba balbuceando
quien sabe que...
Situaciones como esta me sucedían cada mañana, aguanté toda
una vida hasta que dije basta.Una noche me rebelé a otro día
de castigo. Me cansé de ser el bufón de la casa y de
usar esa “peluca” frondosa para limpiar basura.
Cata llegó empapada por la lluvia y, como de costumbre, ocho
y veinte pasó a buscarme. Estaba de mal humor, se la escuchaba
mientras revolvía buscándome. Pero no me encontró,
yo estaba ante sus ojos, pero quién se iba a imaginar que un
plumero rapado seguía siendo plumero. Catalina sólo veía
un palo de madera flaco y amarillo que no le servía. Y yo al
fin estaba de vacaciones, sin fobias y sin vértigos, esto sí era
vida. El protagonismo no era lo mío, todo el escobero aplaudió.
Catalina salió desesperada a comprar un plumero de “verdad”,
eso fue lo que pidió en la tienda. Y esto lo sé porque
no sólo hay otro plumero sino que encontré pareja.
©Romina
Almodei

Una
tarde de otoño
Eran las cuatro
de una tarde de otoño. Gris, lluviosa, y bastante
fresca. Entré al salón donde se servía el té,
en él se encontraban ocho mujeres, entre abuelas y tías
abuelas. El murmullo se acalló de golpe. “Hola Patricia”,
dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en coro todas las demás.
Intentaron disimular sus caras tensas, pero no todas lo consiguieron.
Aurora la más charlatana me preguntó por las materias
del secundario, mis amigas, los boliches y los pretendientes. Yo hablaba
y todas me miraban calladas. Pregunté si pasaba algo y en coro
lo negaron, no les creí. Tampoco quise insistir demasiado, parecían
inquietas.
Teresa era la más nerviosa y cuando agarraba la taza de té se
salpicaba, enseguida Sara, que estaba al lado, la ayudaba. Era todo
tan extraño... Siempre fueron las ocho hermanas más alegres
que yo había conocido. Me siguieron haciendo preguntas y por
un comentario que hice sobre mi novio, Teresa histérica dijo: “Ven
todos los hombres son iguales. Las épocas no cambian nena”.
La miré atónita, Teresa tiene un matrimonio increíble
junto a mi tío Ricardo. No la podía entender. El silencio
invadió el salón, todas quedaron perdidas en sus mentes,
concentradas sólo en sus tés, tortas y masitas...
Sara y Josefina se levantaron para traer agua caliente y otras facturas
y tortas. Los tés en esa casa eran de película, y la
casa - de cuando ellas eran chicas - era casi un baluarte y nunca la
quisieron vender. Estaba en una zona exclusiva de San Isidro y ahí siempre
se reunían las ocho a tomar el té. Muchas veces yo me
quedaba a pasar una semana o más.
La mesa, de roble, era muy larga, imponente y rodeada por ocho rostros
- algunos más agradables que otros - cargados de historias.
Cada una de ellas era un mundo.
Me fui a mi cuarto porque tenía que estudiar. Un parcial de
geografía me esperaba al día siguiente. Al cerrar la
puerta del salón el murmullo volvió con fuerza. Quise
escuchar de qué se trataba, pero en ese momento Sara salía
a buscar más agua caliente.
- Patricia, necesitas algo, querida.
- No, gracias. Me voy a estudiar al cuarto. ¿Sara qué pasa?
- Nada, ¿por qué?
- Presiento algo extraño, entré y se callaron de golpe.
Ninguna dijo una palabra mientras estuve ahí, sólo habló Aurora.
Ustedes no son así. Me voy del salón y empieza el murmullo
de nuevo.
- Pato, te debe parecer a vos. Mi amor, no te preocupes por nosotras,
hace tu vida. Subí tranquila a estudiar.
- Está bien, cualquier cosa avisame.
- Está todo bien.
Al día siguiente, a la misma hora, el murmullo no cesaba. Esta
vez era más escandaloso. Entré al salón. Teresa
lloraba desconsola, estaba despavorida. Aurora se acercó y me
dijo: “falleció el marido hace dos horas”.
Mi tío Ricardo estaba internado hacía tres semanas, bastante
mal. Pero lo más extraño era que Teresa fue sólo
los primeros tres días y no quiso volver.
Decía que no lo podía ver así, y que los hospitales
la ponían muy tensa.
Susana, mi abuela, se arrimó y me abrazó.
- Abuela ¿por qué Teresa no volvió al hospital
a verlo?
- Nena, sos muy jovencita, no creas que puedas entender lo que pasó.
-No importa. Decímelo igual, esta atmósfera es sofocante.
-Cuando estemos solas y más tranquilas, prometo contártelo,
tesoro.
El clima no mejoraba
y el pronóstico era poco favorable , como
el de esta tarde opaca.
Me era imposible suponer o adivinar qué había sucedido
y nada ayudaba para que me sintiera mejor. El pobre viejo muerto y
todas preocupadas en algo que sólo ellas sabían... De
alguna manera a “pedido” de Teresa todas lo habíamos “abandonado”.
Ricardo y Teresa estaban casados hacía cuarenta y cinco años,
no tuvieron hijos. Y se culpaban mutuamente por eso.
Mi tía, más rabiosa que de costumbre, no quería
ver a ningún amigo de su marido. Estaba más que dolida,
como desgarrada por algo...
Llegó la noche y con ella el velorio del tío más
cariñoso. Para sorpresa de todos, menos de sus hermanas, Teresa
no apareció. La odié por estar haciéndole eso
a su marido. Fue todo un escándalo, que ninguna de sus hermanas
pudo explicar con claridad.
Nos quedamos con las visitas, pero nada se había tranquilizado,
estaban todas alteradas. Llamaban a Teresa cada media hora para ver
cómo estaba.
A las cuatro de
la madrugada no pude más y me acerqué a
mi abuela.
- Decímelo ahora, por favor.
- Bueno Patricia, vamos al pasillo.
- ¿Qué pasó?
- No sé cómo empezar, es mi hermana...
- Ya lo sé, no des más vueltas.
- Ricardo durante treinta años tuvo una amante y la “aventura” terminó ayer,
cuando falleció.
-¿Cómo?, ¿cuándo lo supieron?, ¿están
seguras?
- Sí, mi vida. Tu tía se enteró el tercer día
que fue a verlo al hospital. La otra estaba dormida junto a su cama,
con las manos agarradas a él y la cabeza sobre su brazo. A Teresa
le dio un ataque de nervios y tuvimos que ir a buscarla la hospital.
- Pero Ricardo la quería...
- Sí, las amaba a las dos según él. Se casó con
Teresa muy enamorado, pero la vida al lado de tu tía no es nada
fácil, te lo digo yo que soy su hermana. Pero no lo justifico,
de ninguna manera. A mí se me parte el alma.
-¿Cómo sabes que las amaba a las dos?
- Hoy, cuando veníamos para acá, tu abuelo me lo dijo.
-¿El abuelo lo sabía?
- Era su primo...
- O sea que le guardó el secreto.
- Sí.
-¿Esa mujer hoy vino?
- Sí, está arriba. Llora desconsoladamente.
- ¿Alguna habló con ella?
- Sí, Aurora.
-¿Cómo se llama?
- Cristina.
-¿Cómo es?
- Una mujer muy agradable.
- ¿Y ahora qué va a pasar con Teresa?
- No sé, Pato. Habrá que esperar a que lean el testamento, porque
a tu tía no le importa otra cosa ahora. Se siente defraudada.
- Por eso está tan loca, no?
- Sí, tiene mucho miedo de haberlo perdido todo. Habrá que esperar. Él
las quería a las dos, y además era una excelente persona. Hizo
lo que hizo, y ella es mi hermana, pero Ricardo no tenía maldad.
- Es cuestión de esperar...
Pasaron dos semanas
y en la lectura del testamento estábamos
todos. Fue duro y doloroso. Ricardo, como dijo mi abuela, no tenía
maldad, le dejó la mitad del dinero a cada una. Pero había
una carta dirigida “A mi verdadero amor, Cristina”. El
silencio congelado que siguió a su lectura tuvo el poder de
la palabra.
Teresa, muy alterada,
era un lago de lágrimas. También
Cristina, una mujer frágil, que despertaba ternura, y pude entender
a mi tío, aunque con mucho dolor. Salimos y desapareció como
un fantasma.
No me olvido más de esa mañana, parecía un cuento,
una pesadilla... Cualquier cosa, menos algo real.
Yo tenía quince años y el amor me comenzaba a dar temor.
©Romina
Almodei