Daniel
J. Montoly (Montecristi) 1969. Reside en Estados Unidos. Inicia sus inquietudes
literarias en el grupo cultural Cacibajagua uno de los más antiguos
del país y frecuentado por reconocidos poetas dominicanos como Víctor
Villegas, Carlos Lebrón Saviñón, Leopoldo Minaya, Cesar
Zapata, Rafael Abreu Mejía, Santiago Muñiba, entre otros.
Parte de su obra aparece en la antología titulada "Jóvenes
Valores Hispanos", editada por una institución norteamericana
y en el primer volumen de La Colección Sensibilidades, donde figuró
como autor invitado con una selección de su poesía. Recientemente
fue seleccionado por la Editorial El Salvaje Refinado, en su antología
de poesía, Maestros Desconocidos de la Poesía Contemporánea
hispanoamericana, Su poema " Detrás del brutal silencio"
obtuvo el segundo lugar en el concurso organizado por "La Sociedad para
el desarrollo de las artes latinas". Ha figurado en la revista mexicana
Novum, la Española Gribalfaro, la colombiana Casa del Asterión,
en el suplemento Caribania de la misma y en varias revistas electrónicas
de diferentes países latinoamericanos. Trabaja actualmente en la compilación
del que será su primer libro de poesía, titulado: Memoria de
un Perro Urbano, pautado a salir en enero del 2003. En este poemario, su canto
se centra en la dinámica del tránsito no vista desde una perspectiva
individual sino desde una óptica universal. Sus versos recogen con
cierta irreverencia el choque cultural y el sentimiento de crudeza inhóspita
a que se ve sometido todo ser humano empujado a la diáspora por diferentes
circunstancias. Como definiera hace poco un crítico cubano, "el
sentimiento de cavar un hueco para guardar nuestra identidad personal con
el sólo propósito de no llegar a ningún lado". Es
co-fundador del foro Híbrido Literario en Internet, destinado a difundir
la literatura contemporánea latinoamericana y colaborador de varias
publicaciones electrónicas contemporáneas. Fue ganador del pasado
certamen poético de la revista literaria Niederngasse con su poema:
“New York en horas inversas”.
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POESÍA Y RELATOS |
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|---|---|---|
| Angeles de vientres grandes | Dilema de una tarde | Metamorfosis |
| Donde se quiebran las hierbas | Las horas crudas | Los caminos oscuros |
| Tomando un sorbo de aire | Sunset Boulevard |
Apretando la biografía ilegal
de mis recuerdos
dejé mi estatura y el sexo
a la brevedad de las alas
del silencio biógrafo.
Sus dedos apolillaron mi edad
como avispas que hunden
sus ponzoñas venenosas
en los glúteos tiernos
de una piel núbil e inocente.
Vi el viejo juguete,
el jardín... mis manos ya viejas
lloraban de llagas,
con sus dedos cansados y secos
del trabajo forzado.
Vi la sombra y el tacto
cayendo en un espectral abismo.
Minutos llenándose de pactos,
de visiones tangibles.
No había ángeles, sólo jardineros
podando gargantas.
Cuerdos y blandos
salían de un bolsillo de acero.
Vi órdenes de falanges,
ley, arrogancia y muerte.
Remendé mi reloj biológico,
puse agua en mis venas
en lugar de sangre.
-Desnudos-, -perdonad-,
vi la piel y los cráneos juntarse
en pequeñas bolsas...
Era una calle de dientes.
Recuerdo una sábana,
varias sonrisas mortuorias,
una sinfónica de huéspedes negros
que tocaban a Wagner.
Levanté la cabeza:
-soy niño otra vez- maldije asustado.
Tomé un sorbo de aire,
abrí los ojos en la pesadilla
sólo que con otro nombre,
otro imperio iba emergiendo de las brumas.
Cerré los ojos y grité ¡hombre!
¡Hombre! ¡hombre!. Y hubo silencio
entre los cráneos.
Nadé en tu boulevard
de sexo y drogas
como un pez bohemio y triste.
El incienso clandestino
abofeteaba los ánimos impetuosos
de los jóvenes inquietos
y con arrebatos de cuervos siderales
se abalanzaban en la noche,
oscuros kamikazes del vicio.
Me fui absorbiendo
en tus fluidos sepulcrales
que olían a semen de canela,
a humo depresivo y facineroso,
que se adherían viscosamente
a los miembros del espíritu.
Vi tus estatuas de celuloide:
falos de pronombres ya ciegos
al ámbito de la vida,
reían con falsas sonrisas de cartón
y pegatinas de bronce.
Sus colores herían el cielo nocturno,
y ante el afán de mis miradas
por desnudarle sus secretos
se hicieron sombras
y pájaros de altos vuelos.
Quedé con una máscara, una voz,
y cientos de preguntas jactanciosas
con sus espaldas mojadas de saliva.
Oscuro y enterrado,
como búho,
espera en el silencio húmedo,
aplazando la sordidez,
consume murmullo tras murmullo
cada palabra,
como si fuera el último bocado
antes de la metamorfosis.
Aplasta ferreamente
las posibles disensiones,
depura lo superfluo
que se antepone al valor mismo
de las cosas, pervirtiéndolas.
Solo queda lo indescriptible,
aquello que se da por llamar
lo inefable.
Razón de esta búsqueda, este diario
ejercicio de crear la vida
con despojos cercenados a cadáveres.
Los caminos oscuros
En los caminos
que van al bosque de Isalsaluenga, a trescientas millas de la frontera con
Uganda, las noches no parecen terminar,
a pesar de que el sol sale en la mañana, como un pedazo de fuego
haragán y sibarita. Los aldeanos evitan adentrarse en los laberintos
formados por los árboles brumosos y por una maleza casi viscosa,
que ha crecido con los años. Las cigarras emiten chirridos casi metálicos,
capaces de hacer estallar los tímpanos de cualquier mortal, que entre
a sus reinos verdes; el terreno es fangoso, con pequeños charcos
de pantanos, plagados de sanguijuelas y serpientes de agua..
Algunos cazadores se aventuran a internarse en este cementerio verde, buscando cazar animales de pieles exóticas. Muchos, no han vuelto al pueblo, aumentando con ello, el desconcierto y el miedo entre los pobladores; los cuales, motivados por su animismo, tejen oscuras leyendas de espíritus que cazan a los humanos que han intentado adentrarse en lo profundo del bosque, a profanar los sueños de Los Cholungas, o demonios azules, en lengua nativa. De noche, se escuchan fuetes rugidos; se presume que son animales grandes, que se esparcen con la brisa, hasta llegar al pequeño pueblecito entroncado en una colina. Esto causa una marea de nervios e inseguridad, que no permite que duerman tranquilos.
Algunos han abandonado ya sus hogares, temerosos de perder sus vidas. La última arrancada fue la de un joven explorador sueco, quien trató de adentrarse campo adentro, recolectando plantas medicinales. El cadáver apareció detrás de un montículo de piedras calizas; sus ojos no alcanzaron a cerrarse antes de morir, por lo que, a juicio de algunos, se trató de una gran impresión, producida por algo desconcertante. Pero, si la cadena de muerte es más que sospechosa, la forma cómo han muerto, lo es aún más: todos, sin excepción, tenían una extraña incisión debajo del brazo izquierdo, como si hubiesen sido hechas con la finalidad de extraerles algo en particular. Todos los cuerpos encontrados hasta ahora, carecían de sangre y estaban conservados de una manera perfecta, a pesar del tiempo, que llevaban desaparecidos.
Hoy, el gobernador de este apartado territorio tribal ha programado una expedición que realizará una patrulla del ejército; El fin de ésta es esclarecer los orígenes de todas estas muertes misteriosas. Los aldeanos, motivados por el miedo, se oponen a la expedición, porque consideran que aquello enfurecerá más a los demonios y luego, bajarán hasta su aldea, para vengarse por la profanación de sus oscuros dominios. El comandante, conocedor de la naturaleza supersticiosa de los nativos, les dice, que no pasará nada, porque ellos estarán allí para protegerlos. El brujo, hombre de larga sapiencia y conocedor de los misterios vedados al hombre común, está seguro, que todos morirán como pasó con otros intentos anteriores.
Como precaución degolló una gallina, tomó la sangre en un cuenco de higüero y trazó un círculo alrededor de su hogar, para proteger a los suyos de los demonios, que aunque nunca han bajado a la aldea, está bien seguro, que lo harán hoy para cobrarse la afrenta. Todo el pueblo asustado desea, que los militares se marchen cuanto antes de la aldea, porque hasta cierto tiempo hubo como una especie de pacto entre ellos y las extrañas criaturas. El pacto consistía en, que nadie violaría el espacio del otro; hasta cierto tiempo fue así, pero una compañía minera comenzó a hacer exploraciones, tratando de encontrar yacimientos de diamantes. Desde allí se complicaron las cosas; éstos violaron el espacio de Los Cholungas y aquellos se saldaron con sus vidas.
Desde aquel acontecimiento, el acuerdo parece haberse roto
y los rugidos se suceden amenazantes, escuchándose a cualquier hora
del día. Los aldeanos están bastante furiosos con los militares.
Armados con garrotes y machetes se congregaron frente al improvisado campamento
militar, pidiéndoles a gritos, que se larguen. Los guardias están
listos para cualquier imprevisto, mientras apuntan en dirección al
grupo, que vocifera con furia. El comandante ordena disparar al aire para
dispersarlos. De repente, la multitud enfurecida se abalanza contra la veintena
de guardias temerosos; suenan las balas, cortando el aire, y los primeros
cuerpos caen al suelo envueltos en sangre y por gritos de pánico.
"¡Alto al fuego!", irrumpe una voz como de trueno.
Las horas crudas
Si algún
día vienes a la barriada,
no te sorprendas al verme acorralado
de flores venéreas y aguas negras
no grite mujer...
aún no he muerto,
sólo soy el desierto lumen
de la sordera de los tímpanos.
Desata la soga sin que sospechen,
saluda al ex-difunto
¿ no es esta nuestra carta de presentación?
La cuerda muerta y sucia
será nuestro prestigio
contra políticos sucios malsanamente
que se defecan en la natalidad
de la inocencia,
que leen los periódicos
sacando la sección del obituario
para echarle un ojo
al costo de las defunciones,
o a la escasez de hoyos todoterrenos
en los suburbios del descuido.
Me verán...
porque soy de los senos de la tierra,
allí donde el instinto de cartón
planta rostros de hojalata,
y la basura es una tripa más
perdida en los mudos dialectos
de los estómagos desnutridos.
¡Venid al carnaval sucio
que soy los muslos del trapecista
que ejecuta malabarismo en las retinas
de la miseria, cruda y magra,
como una pobre prostituta!
¡Venid a ver las cacerolas que razonan,
menudas y subversivas de pluralidad;
coged las ollas y las camillas
e id a lo profundo
con la escafandra tuerta!
¡Abrid el zipper de la apertura!
porque, irracional,
la tempestad sacude la inercia
que ensucie sus mascotas,
sus asuntos solitarios,
sus drogas!, ¡ manchad sus concubinas
con la conciencia del estar y del somos!
para que este abismo que mastica
vientres flácidos
cese de orinar su semen mortuorio
en las rodillas de los pobres...
in domicilius.
Que esa homilía de la virgen parca
deje de mudar inquilinos
a una casa absurda
y chismosas de conjeturas sin respuestas.
Donde se quiebran las hierbas
Vendré
a acordarme justo hoy,
a empujarme a esos inhóspitos
parajes de neón y de hojalatas:
allí donde las hierbas
se quiebran por la torpeza
del viento zurdo y mal herido.
Antes buscaré
esconder mis palabras
en los tobillos de las páginas
como imprescindible.
Renuncio a rendirle
cuentas
a su divina benemérita:
soy un insumiso a todo orden,
soy amo de lo que callo
y dueño de lo que escondo
entre cadáveres.
Pienso cobrarle
el precio
que significa la inocencia,
para que deje de vestirse
con la humilde bondad de los incautos,
donde los vivos excavan y guardan
su amnesia nauseabunda
excretando lo inexpugnable.
La sala estaba iluminada
y cada recodo
relucía con la intensidad de un gladiolo.
En una pared sobria y seca
colgaba el rostro enjuto de Van Gogh,
color tuberculoso, mirando a lo lejos
como quien busca dejar atrás
una realidad anclada en la desgracia.
Le pregunté al curador:
-puede explicarme cómo hubo pobreza
entre tanta riqueza de color.
Sonrió. Recuerdo que acto seguido
musitó entre dientes: - es un misterio.
Seguí mi recorrido por el museo
intrigado, porque donde el misterio ronda
la ignorancia esconde sus alas de murciélagos.
Angeles
de vientres grandes
Y es
vinagre maligno
lo que expelen
sus negros manantiales,
con sus pezuñas escarban
las vísceras oxidadas,
las aldeas de rocas elementales,
los páramos de malolientes
podredumbres.
Su dialecto
macera;
huele a piel brocada
por martillos...
a dudosos humanos
que lavan bondades con escarnios
de feroces empellones,
con salvas pestilentes
que cuelgan
como babas mercenarias
de plumas amarillas.
Ángeles
de conciencias sucias.
Ángeles de mordazas
en sus traspatios:
sus vientres se llenan
de lejanos inocentes...
¡Ángeles!
Ángeles astutamente humanos:
oscuros emisarios del demonio.